miércoles, febrero 25, 2026

La economía crece, pero el bolsillo no lo siente: por qué las cifras mejoran y la billetera no lo nota


Usted abre el celular, lee que la economía “va mejor” y, aun así, en su casa no aparece el alivio: el mercado sigue costoso, el arriendo pesa, el transporte sube y los servicios llegan puntuales, como si el mes nunca alcanzara. Esa brecha entre lo que dicen los titulares de prensa y lo que se vive en la cocina no es un capricho. En encuestas de opinión, una mayoría insiste en que no se siente mejor y que el país va por mal camino.

La explicación arranca por una idea sencilla: el PIB no mide bienestar, evalúa movimiento. El Producto Interno Bruto es, básicamente, un contador de actividad: suma lo que consumen los hogares, lo que invierten las empresas, lo que gasta el Estado y el resultado entre lo que se exporta y lo que se importa. Por eso puede crecer y, al mismo tiempo, no dejarle más dinero libre a usted. “El PIB indica cuánto se mueve la economía, pero no asegura que ese movimiento se traduzca en alivio para las familias”, explica Claudia Díaz, docente del programa virtual de Economía de Areandina.

Luego viene el matiz que casi nunca cabe en un titular: importa de qué está hecho ese crecimiento. No es lo mismo que la economía avance porque aumentó la producción y se crearon empleos mejor pagados, a que lo haga porque subió el consumo —a veces sostenido con crédito— o porque el gasto público empujó la demanda. En esos casos, el indicador se ve mejor antes que la vida cotidiana. “Hay repuntes que se notan primero en el promedio y solo después, si se sostienen, llegan a la mesa del hogar”, dice Díaz. En otras palabras: la cifra puede verse “verde” mientras su margen del mes sigue estrecho.

Colombia creció 2,6% en 2025 y para 2026 las proyecciones rondan el 2%. Es avance, sí, pero puede ser insuficiente si el costo de vida se mantiene alto. La inflación el año anterior cerró en 5,10% y el Banco de la República ha advertido riesgos de repunte en este periodo, por encima de la meta.


Aquí aparece el segundo gran punto, el que más confunde: inflación no es lo mismo que precios. Cuando esta baja, los precios no retroceden, simplemente suben más lento. “Si veníamos de aumentos fuertes, el nivel queda arriba y el bolsillo lo recuerda todos los días”, insiste la docente de Areandina. 

A eso se suma un efecto silencioso: el rezago. Muchos pagos se ajustan con la inflación del año anterior (arriendos, matrículas, seguros y algunos contratos), así que el golpe llega con meses de retraso. “Por eso la gente no siente un alivio inmediato: varios cobros siguen indexados y los precios se quedaron en niveles altos”, señala.

Además, los rubros que más pesan en el presupuesto no se mueven al mismo ritmo. Puede haber un mes con respiro en algunos alimentos, pero el arriendo, los servicios, el transporte y la educación suelen mantener la presión, y se pagan sí o sí. Por eso la mejoría se percibe incompleta: el promedio puede mejorar, pero el gasto fijo manda.

La realidad detrás del recibo mensual

A ese cuadro se suma un tercer ingrediente: la deuda. Si la tarjeta cubre mercado, transporte o servicios, usted compra hoy y paga después, con intereses. El problema se agrava cuando el pago mínimo se convierte en rutina: la cuota parece “manejable”, pero la obligación se alarga y el presupuesto se estrecha. La señal práctica es clara: si la deuda no baja, aunque usted pague, está patinando.

Y está el cuarto factor: la calidad del empleo. Puede haber recuperación en cifras, pero persiste la informalidad, los ingresos variables o trabajos de baja remuneración. Eso cambia la percepción, pues tener ocupación no equivale a contar con estabilidad. En familias con ingresos irregulares, la meta del mes es resistir, no planear.

Entonces, ¿cómo saber si usted realmente está mejor o peor que hace uno o dos años, más allá de los titulares de prensa? Revise estos cinco indicadores personales, con números sencillos:

Salario real: compare su ingreso con arriendo, mercado y servicios. Si esos rubros suben más rápido, su poder de compra cayó.

Gastos fijos: sume lo obligatorio. Si supera 60% del ingreso, su margen es mínimo.

Carga de deuda: cuotas y pagos mínimos. Si se acercan a un tercio del ingreso, está en zona de riesgo.

Ahorro de emergencia: mida en semanas de gastos cubiertos. Meta 1: una semana. Meta 2: un mes.

Alertas: atrasos, avances de tarjeta, fiado frecuente o “tapar huecos” con crédito nuevo.

La recomendación final es concreta: convierta estas cinco cuentas en un tablero mensual. Si el salario real no mejora, si las obligaciones financieras crecen y si los fijos se comen el ingreso, el PIB puede verse bien y su hogar seguir bajo presión. “Cuando una familia pone números a su realidad, deja de vivir de sensaciones y empieza a recuperar control”, concluye Díaz.